Mi hijo de 3 años y medio está en el patio solo. Desde hace diez minutos no escucho ni una mosca volar y todos sabemos que cuando un niño pequeño está muy callado por un largo rato la probabilidad de que este haciendo algo prohibido o peligroso es alta.

Salgo afuera a ver que pasa entre curiosa y asustada y ahí lo veo: desnudo metido en una maceta llena de tierra con una de mis cucharas tirando tierra par afuera y hablando solo. Mi versión de mamá estresada y de poca paciencia analiza la situación de la siguiente manera: “Ahora seguro se ensucia todo, voy a tener que bañarlo de nuevo y recién sale de la ducha, voy a tener que barrer toda la tierra y encima está con la cuchara que uso para cocinar y la llena de microbios y está desnudo, aunque no hace frío se puede enfermar”. Mi antigua Yo-Mamá-Alterada hubiera sacado al niño de la maceta en ese instante y acto seguido le hubiera dado un buen reto en un tono de voz elevado con frases del tipo: “las macetas no son para jugar, ¿Y ahora quien limpia este desastre?”. Mientras tanto, mi hijo seguramente enojado se pondría a gritar o a llorar sin querer salirse y sin entender por qué estoy tan enojada.

Pero mi Yo-Mamá-Consciente, la actual, la que ha trabajado muchísimo y sigue trabajando en la regulación de sus emociones, la que ha tomado cursos y leído sobre mindfulness e inteligencia emocional, la que sabe que no es el fin del mundo, la que ha investigado lo bueno que es que los niños jueguen solos y con objetos de la naturaleza, esa mamá actúa muy diferente:

Respira hondo, cuenta hasta diez y en lugar de estresarse y gritar se contiene y primero analiza la situación, lo que está pasando en ese preciso instante sin pensar en lo que sucederá luego, sin irse al futuro: ¿Esta situación ahora mismo es peligrosa?, ¿Es el fin del mundo? y la respuesta es No. Entonces sigue analizando más en profundidad y de ese análisis surgen preguntas como: ¿Qué es lo peor que puede pasar?, ¿tener que bañarlo, tener que barrer un poco más?, ¿amerita un enojo y un conflicto?, ¿Qué puede pasar si lo dejo seguir jugando?, ¿que se entretenga solo un rato largo, que deje volar su imaginación?.

Definitivamente la situación no amerita ni justifica que tenga una disputa con mi hijo, que ambos nos estresemos. Entonces no le digo nada y decido vivir el momento. Me siento a su lado con mi café medio frío a verlo jugar y le pregunto que está haciendo, a lo que él me contesta que está preparando chocolate puro para darle a todos los niños en halloween y nos reímos juntos, nos divertimos. Que maravillosa es la mente de los niños cuando la dejamos ser.

La tarde siguió su curso y él jugó un rato más. Luego me ayudó a barrer y una vez en la bañadera me contó lo rico que le había quedado su chocolate y que bien se lo había pasado, me brazo y me dijo, como todos los días, “mamá estoy muy feliz contigo”.

Por Ana Acosta Rodríguez, Mamá Minimalista.

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