Los hijos no vienen a llenar vacíos. Tu hijo no va a reemplazar el amor de un padre ausente ni curará el dolor del marido que fue infiel o los compañeros de salón que se burlaron de vos toda tu adolescencia.

Un hijo no es un trofeo ni nuestra segunda oportunidad de nada que no tenga que ver con nuestra evolución emocional. Es un ser independiente y no una pertenencia. Tener un hijo no es como comprar una cartera: no se devuelven ni se cambian por otro modelo.

Tener hijos es una responsabilidad enorme. Traer un bebé al mundo es una decisión que debiera ser meditada, libre de egoísmos o apegos patológicos. Por eso respeto muchísimo a las personas que deciden no tener hijos si no están absolutamente convencidas.

Los hijos no llegan para llenar vacíos, sino a confrontarnos con la imperiosas necesidad de sanar nuestras heridas emocionales para no perpetuar ciclos en ellos. Estas heridas no desaparecen al parir, se irán poco a poco con terapia, oración, meditación y amor.

Ellos crecerán y se iran para hacer sus vidas y ahí quedás vos, con los mismos vacíos emocionales que tu hijo quizas anestesio, pero que no pudo ni podrá llenar nunca y que muchas veces se transformarán en cargas pesadisimas.

Curar es perdonar, agradecer, pedir perdón y soltar. Sanar nuestras heridas emocionales, empezando con las que tenemos con nuestros padres, es el primer peldaño de una paternidad respetuosa.

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